Factores nutricionales asociados con la fragilidad en adultos mayores

El síndrome de fragilidad es una condición médica que se caracteriza por un estado clínico de deterioro funcional en el que se produce un aumento de la vulnerabilidad de una persona para desarrollar una mayor dependencia y/o mortalidad cuando se expone a un factor estresante, generalmente a partir de los 65 años, y lo que termina generando la necesidad de asistencia para realizar las actividades de la vida diaria. 

La forma en que se desarrolla la fragilidad sigue siendo un tema de intenso debate, pero se han observado varios factores, como la sarcopenia o la pérdida de masa muscular. El sistema muscular esquelético a partir de la tercera década de la vida sufre una lenta pero progresiva pérdida de la masa y fuerza muscular, circunstancia que se acentúa a partir de los 65–70 años. A partir de los 50 años la masa muscular disminuye entre un 1–2% anualmente y la fuerza muscular lo hace entre un 1,5–3% a partir de los 60 años.

Como quiera que el músculo esquelético representa la mitad de la masa magra corporal, es lógico suponer entonces que el envejecimiento trae consigo también reducción importante del tamaño de este componente de la economía, con las temidas repercusiones sobre la autonomía de la persona.

Hasta la fecha, no existe un tratamiento curativo para la fragilidad, por lo que los esfuerzos se han centrado en la prevención y paliación de los síntomas. En este sentido, las intervenciones que se han descrito como efectivas son la actividad física y las intervenciones nutricionales. 

Se ha comprobado que un aumento de la actividad física en el anciano se asocia a una disminución del riesgo de mortalidad, enfermedades crónicas, institucionalización, deterioro cognitivo y funcional. De manera más concreta, el tipo de ejercicio físico más beneficioso en el anciano frágil es el denominado “entrenamiento multicomponente”.

Este tipo de programas combina entrenamiento de fuerza, resistencia, equilibrio y marcha, y es con el que más mejoría se ha demostrado en la capacidad funcional, que es un elemento fundamental para el mantenimiento de la independencia en las actividades básicas de la vida diaria (ABVD) de los ancianos.

Por las limitaciones físicas y propias de la edad de los ancianos, se evidencia una tendencia al empleo de una dieta monótona y cómoda para sus características personales. Esto hace que su dieta presente con frecuencia déficits nutricionales.

Varios estudios han encontrado diferentes asociaciones entre el estado nutricional, la ingesta de nutrientes y el desarrollo de fragilidad. Los factores que parecen ejercer una mayor influencia son las calorías, las proteínas, la vitamina D y la ingesta de calcio.

También otros autores han encontrado un mayor riesgo en sujetos con déficits de otros nutrientes, como la vitamina E, la vitamina C, la vitamina B6 y el folato.

Según la actualización del documento de consenso sobre prevención de la fragilidad en la persona mayor publicado en mayo 2022 por el Ministerio de Sanidad y realizado por el Grupo de Trabajo de Prevención de Fragilidad y Caídas, los mayores beneficios para prevenir y manejar la fragilidad y la sarcopenia, se obtienen con una dieta rica en proteínas, valorando la necesidad de suplementos nutricionales cuando sea preciso, por ejemplo, en caso de malnutrición o pérdida de peso.

La mayor evidencia es con suplementos hiperproteicos, que pueden incorporar beta-hidroxi-beta-metilbutirato (HMB) y/o leucina, preferentemente combinados con programas de ejercicio físico multicomponente.

Hay que valorar la suplementación con vitamina D en personas mayores frágiles, en riesgo de malnutrición o con riesgo de caídas y con niveles séricos < 30 ng/ml (75 nmol/L), con dosis de 20 a 25 μg/día (800-1.000 UI/día).

Dieta Mediterránea

En varios estudios se ha demostrado el papel protector de un ingesta suficiente y adecuada de proteínas en el desarrollo de fragilidad. El exceso de ingesta de calorías no resulta beneficioso porque contribuye al aumento de la masa grasa corporal y a la infiltración por esta del tejido muscular. Las recomendaciones recientes se centran en la ingesta diaria de proteínas, que debe ser de al menos de 1,0 a 1,2 g/kg al día para personas mayores sanas y de 1,2 a 1,5 g /kg al día para pacientes geriátricos con enfermedades agudas y crónicas.

Es ingesta de proteínas viene a suponer aproximadamente en unos 30 g de proteínas de alto valor biológico –aproximadamente 15 g de aminoácidos esenciales y 3 g de leucina– de 3 a 5 veces al día. La calidad proteica de la ingesta es importante, señalando la proteína de la leche y el suero láctico (queso) como la de mayor valor nutricional (rica en aminoácidos esenciales y con gran cantidad de leucina y cisteína). Por otra parte, la distribución proteica óptima durante el día también es fundamental.

Distribución óptima de la ingesta de proteínas a lo largo del día

La suplementación con proteínas es la intervención única y bien definida que puede prevenir y tratar los síntomas de la fragilidad. En este sentido, considerando los estudios realizados hasta la fecha, es tentador sugerir un suplemento proteico de 30 g diarios en adultos mayores para prevenir la fragilidad. 

Sin embargo, está bien establecido que el exceso de proteínas también puede ser perjudicial; por lo tanto, se deben considerar las características individuales específicas, como la función renal o hepática, antes de prescribir estos suplementos. 

Una ingesta calórico-proteica adecuada junto a actividad física garantiza un rendimiento óptimo del músculo, además de combatir la pérdida de peso, componente este último, también, del síndrome de fragilidad.

Cómo medir la Fragilidad

Bibliografía

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Pedro J. Martín Pérez

Dr. Pedro Martín Pérez, Médico de Familia y Comunitaria

2 comentarios en «Factores nutricionales asociados con la fragilidad en adultos mayores»

  1. Hola Pedro, me encanta este póst que has publicado. Muy interesante. Ojalá se pusiera en práctica en muchos sitios (residencias) entre otros. Un abrazo y a seguir así.

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